La vida como tránsito

Vivir es transitar desde el casi todo es verdad al casi todo es mentira”  

Jorge Wagensberg

Esta frase del libro de aforismos de Wagensberg “A más cómo menos porqué“, publicado en 2006 y que leí por aquellas fechas, da vueltas por mi cabeza recurrentemente desde hace unos meses; quizá esta mañana del día de mi cuadragésimo cumpleaños, en los ratos entre los que contesto agradecido mensajes y llamadas de felicitación, pueda ser un buen momento para intentar brevemente comprenderla o exorcizarla.


Es posible que esta expresión signifique que vivir es transitar desde la creencia, propia de un optimista antropológico irredento que soy -incluso pese a este post-, en una sociedad basada en el valor absoluto de la vida a una donde, incluso en el mismo día, se cierran los parques infantiles y se abren los bares porque hasta en medio de una devastadora pandemia, al menos en España y buena parte de occidente (por suerte ha habido otros modelos) lo primero, por no decir lo único, es “el dinero”.


Quizá quiera decir que vivir es transitar desde el intento de construir una democracia en Afganistán a “sólo intervenimos para salvar vidas de estadounidenses” mientras la vieja Europa mira para otro lado congelada en un pasado glorioso e incapaz siquiera de impulsar un proceso político de auténtica unión que vaya más allá de lo económico tal y como se vislumbraba en mi niñez.


Vivir como tránsito desde el “estudia y tendrás un buen trabajo estable y bien pagado” a la crisis de 2008 que destrozó ese mantra de los padres, entre las ruinas del derrumbe inmobiliario, para miles de jóvenes de la generación inmediatamente posterior a la mía.


Dirá, tal vez, esa frase que vivir es transitar desde la ilusión en el oficio del periodismo a conocer de primera mano que incluso los periódicos más prestigiosos del país venden sus páginas al mejor postor y publican publireportajes sin apenas disimulo mientras continúan proclamando su independencia y calidad informativa.


Pero, más allá de cuestiones sociales (la lista de “casi todo es mentira” podría ser larguísima), es muy probable que esa frase refleje también y principalmente un transformador viaje en lo más personal del ser.


Que vivir sea transitar desde ese concepto de amor romántico propio de tragedia griega, romance medieval o comedia de Hollywood, que un día pobló las noches de adolescencia o primera juventud a comprender que el concepto está en realidad más cerca de aquello que contaba Don Draper, un recurso publicitario para vender medias.


Vivir es transitar desde las certezas absolutas de los quince años, donde uno cree saberlo todo, a la duda permanente de la madurez donde uno comienza, con suerte, a ser consciente de que sólo sabe que no sabe nada.


Quizá signifique también comprender que la muerte lo cambia todo, que los eternos veranos de la infancia también pasan demasiado rápido, y aprender que no existe “La Felicidad” sino la felicidad pequeña y cotidiana.


Con gran probabilidad, vivir es transitar desde el casi todo es verdad al casi todo es mentira señala que por más que intentemos, como ahora, escribir sobre ella no somos capaces de comprender en absoluto nuestra existencia como seres fruto de miles de millones de años de evolución. Caminamos permanentemente en la bruma del desconocimiento, sin apenas certezas. Este viaje hacía el escepticismo -no necesariamente hacía el nihilisimo, el relativismo o la desesperanza- y una cierta desilusión no es nada sencillo pero, probablemente, como la singladura hacía Itaca conviene disfrutarlo en lo posible y aprender de la experiencia pues Ítaca no tiene nada que darnos y es sólamente ese tránsito vital todo lo que tenemos.

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