“Mi corazón arde como el fuego”

“Soyen Shaku, el primer maestro zen que viajó a América, solía decir: “Mi corazón arde como el fuego, pero mis ojos están fríos como cenizas muertas”. Propuso las siguientes reglas, que él mismo practicaría, día tras día, durante toda su vida.:

– Por la mañana, antes de vestirse, quema incienso y medita.

– Retírate a una hora fija. Come a intervalos regulares, con moderación y sin llegar al punto de saciedad.

– Recibe a los invitados con la misma actitud que tienes cuando estás solo. Cuando estés solo, mantén la misma actitud que al recibir invitados.

– Observa lo que dices, y, digas lo que digas, ponlo en práctica.

– Cuando se te presente una oportunidad, no la dejes escapar. Sin embargo, piénsatelo siempre dos veces antes de actuar.

– No te lamentes por el pasado. Dirige tu mirada hacia el futuro. Mantén la intrépida disposición de un héroe y el corazón cariñoso de un niño.

– Al irte a acostar, duerme como si se tratara de tu último sueño. Al despertarte, sal inmediatamente de la cama como si tirases un par de zapatos viejos.”

Del libro: “101 Cuentos Zen” de Nyogen Senzaki y Paul Reps

Cuento sin moraleja – Julio Cortazar

    Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, eslóganes, membretes y falsas ocurrencias.

 

    Por fin el hombre supo que había llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del país, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café. -Vengo a venderle sus últimas palabras -dijo el hombre-. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. -Traducí lo que dice- mando el tiranuelo a su interprete. -Habla en argentino, Excelencia. -¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada? -Usted ha entendido muy bien -dijo el hombre-. Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.

 

    El tiranuelo se puso en pie como es de práctica en estas circunstancias, y reprimiendo un temblor, mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos. -Es lástima- dijo el hombre mientras se lo llevaban-. En realidad usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitará decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotas por primera vez y naturalmente, usted no podrá decirlas. -¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? -pregunto el tiranuelo ya frente a otra taza de café. -Porque el miedo no lo dejará -dijo tristemente el hombre-. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de frío, los dientes se le entrechocaran y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá alguno de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso si lo articulará sin esfuerzo) se impacientarán y lo ahorcarán.

 

    Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba-pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre, para comprar sus últimas palabras.

 

    Entretanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegándole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular, lo llevaron a la fortaleza, y lo torturaron para que revelase cuales hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.

 

    Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.

 

    Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.

 

Leído en la muy recomendable recopilación de cuentos: Historias de Cronopios y de famas.

Historia de Cronopios y de Famas

¿Qué pasaría si…?

Sin salir aún de mi asombro, continuaba allí sentado en esa extraña habitación de blancas paredes.

Mis ojos revisaban por enésima vez el resumen de la ingente cantidad de documentación que me habían entregado y había leído en las horas previas, mientras esperaba a que el señor B. volviera a entrar por la puerta y se sentara de nuevo en su elegante sillón detrás de su imponente escritorio de madera oscura.

Umm… Madrid, España —pensé—. Entre el diez por ciento de ciudades más ricas del mundo; no parece un mal lugar.

Profesiones del top veinte en nivel cultural y de remuneración, profesor universitario y magistrada; eso parecía un buen comienzo.

Año 2013; ahí ya no sabía bien qué pensar… recordaba que el informe económico ponía algo bastante incomprensible sobre una difícil crisis económica en Europa.

De pronto el señor B entró con urgencia en la habitación, con su habitual indumentaria blanca, tomó asiento y se dirigió a mí con un tono mezcla de paternalismo y distanciamiento.

—Fernando ¿Ha leído ya toda la documentación?

Yo, simplemente, asentí con un movimiento de cabeza.

—Y por lo que percibo continúa dispuesto a seguir adelante —comentó el señor B y mirándome fijamente a los ojos continuó hablando:

—Bien, últimamente no es algo que se dé todos los días. Desde que implantamos el nuevo sistema más del cincuenta por ciento de los sujetos potenciales se niega a seguir adelante. Y, créame, no los culpo. Vivir no es una actividad nada fácil, ni siquiera si uno cuenta con unas potenciales buenas condiciones de partida como parece ser su caso, señor Fernando. El mundo es muchas veces un lugar oscuro y triste, el hombre una insignificante marioneta en medio de leyes físicas que ni siquiera empieza a comprender en profundidad. No envidio en absoluto tener que tomar una decisión como la suya. Ahora bien, hay muchos potenciales individuos que tras arriesgarse llevan a cabo vidas plenas y felices y nos dan efusivamente las gracias cuando regresan, algunos incluso nos piden que volvamos a ponerlos a la cola para el futuro.

—Entonces, si se ha decidido —continuó el señor B —firme ahí, Fernando, donde dice “Doy mi consentimiento para nacer como ser humano en las condiciones recogidas en el presente contrato”. Eso sí, le comento de nuevo que no recordará nada de este proceso cuando comience su vida.

Tras una profunda inspiración, cogí la pluma que me ofrecía el señor B y firmé.