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Tres escenarios de la inteligencia artificial hasta 2030: gobernar sin fingir certeza

He publicado en acceso abierto un working paper en el que he estado meses trabajando. Son once mil palabras sobre el futuro que se niegan, deliberadamente, a predecirlo.


Hay una pregunta que me hacen mucho últimamente, en formaciones, en jornadas y en conversaciones de pasillo, y que siempre me deja incómodo: «¿y tú qué crees que va a pasar con la inteligencia artificial?».

La incomodidad no viene de no tener opinión. Viene de saber que cualquier respuesta que dé —«va a cambiarlo todo», «está sobrevalorada», «en cinco años no reconoceremos nada»— será, en el mejor de los casos, una intuición vestida de pronóstico. Y de sospechar que quien pregunta no necesita mi bola de cristal: necesita saber qué hacer el lunes por la mañana con un expediente, un presupuesto o un equipo.

De esa incomodidad ha salido el documento que acabo de depositar en Zenodo, el pasado 30 de julio, en acceso abierto y con licencia libre: «Tres escenarios de la inteligencia artificial hacia 2030: capacidades, poder y decisiones públicas en un entorno de incertidumbre».

De dónde viene

En abril publiqué en estrategIA una versión muy condensada de este trabajo, en el número 133. Aquello eran unas dos mil palabras y funcionó bien: mucha gente lo comentó. Pero un análisis de prospectiva comprimido en dos mil palabras tiene un problema estructural: se lee como una opinión bien argumentada, y no se puede citar, ni discutir, ni auditar. No se ve el mecanismo. No se ven los supuestos. No se ve dónde puedo estar equivocado.

Lo que he hecho estos meses ha sido lo contrario: desplegar de forma más ordenada el andamiaje entero. Once mil palabras con las premisas explícitas, los supuestos técnicos de cada trayectoria, los cuellos de botella materiales, la comparación transversal, las señales que habría que vigilar y —esto es lo que más me importa— una declaración honesta de sus límites.

El punto de partida metodológico es una recomendación de la OCDE que me parece de sentido común y que casi nadie sigue: cuando la incertidumbre es irreductible, no elijas un futuro; trabaja con varios a la vez.

Los tres futuros

Sin destriparlo, porque para eso está el documento:

Meseta técnica con difusión masiva. La IA no da un salto cualitativo grande, pero se vuelve tan barata y tan ubicua que reorganiza todo lo demás, como hizo la electricidad en las fábricas de principios del siglo XX. Es el escenario aparentemente tranquilo, y por eso el que tiene el riesgo más sutil: la complacencia, mientras quien controla la infraestructura captura el valor que generan los demás.

Ascenso sostenido de capacidades y autonomía. Sin necesidad de declarar la llegada de ninguna inteligencia artificial general, los sistemas pasan de asistir en tareas de minutos a sostener flujos de trabajo completos durante días. Es la trayectoria que uso como escenario de referencia para planificar —y quiero subrayar que eso es un juicio cualitativo mío, no una probabilidad calculada—. Es también la que más me preocupa, por una razón concreta: las tareas rutinarias que históricamente servían para formar a los profesionales jóvenes son, justamente, las primeras en automatizarse.

Despegue rápido, con automatización material de la propia investigación antes de 2030. Menos plausible, mucho más disruptivo, y con dos caminos internos que dependen por completo de si existen salvaguardas efectivas o no.

Y por encima de los tres, lo que creo que es la aportación más original del documento y lo que menos se discute en el debate español: la fragmentación asimétrica. No es un cuarto escenario, es una capa de acceso. Describe un mundo en el que las capacidades existen pero no están disponibles en las mismas condiciones para todos los países, organizaciones y ciudadanos. Puede agravar cualquiera de las tres trayectorias, y convierte una desigualdad técnica en una desigualdad de poder. No hace falta ninguna superinteligencia para que ese régimen se instale. Basta con lo que ya hay.

Lo que un documento así puede y no puede hacer

Prefiero decirlo yo antes de que lo diga otro. Esto no es una revisión sistemática de literatura, no contiene probabilidades calibradas y no ha pasado revisión por pares. Es una síntesis aplicada de fuentes dirigidas, con un juicio prospectivo explícito y firmado. He usado herramientas de inteligencia artificial generativa en el proceso, y lo declaro dentro del propio documento, porque me parecería incoherente analizar la transparencia algorítmica y ser opaco sobre mi propio método.

Lo que sí pretende ofrecer es algo que echo de menos en la conversación pública: señales tempranas —qué habría que ver para saber en qué mundo estamos entrando—, cuellos de botella —cómputo, energía, semiconductores, capacidad institucional— y siete decisiones robustas, es decir, decisiones que siguen mereciendo la pena bajo las tres trayectorias. Gobernar capacidades y no marcas comerciales. Construir primero los cimientos digitales. Crear capacidad estatal para comprar, evaluar y dirigir. Tratar el acceso útil como una política de igualdad. Diseñar la transición laboral antes de la crisis. Convertir infraestructura y energía en política de IA. Y sustituir los planes rígidos por políticas capaces de corregirse.

Ninguna de esas siete depende de acertar el escenario. Ese es exactamente el punto.

La parte que no esperaba escribir

Cierro el documento con una idea que me ha costado más de lo que parece, y que quizá explique por qué este trabajo me ha interesado tanto: la preparación más sensata combina dos virtudes que solemos presentar como opuestas. Ambición para construir capacidades antes de que las señales sean incontrovertibles. Y humildad para revisar los planes, reconocer los límites y evitar que una predicción se convierta en dogma.

Quienes me leen por otros sitios sabrán que llevo bastantes años recogiendo cada día una idea de Séneca, de Epicteto o de Marco Aurelio, y quizá reconozcan un aire de familia en el modo en que se cierra este documento: pidiendo a la vez ambición para construir antes de tener certezas y humildad para corregir el rumbo. No lo he buscado; me lo he encontrado al final del camino. Resulta que la pregunta de fondo de la prospectiva —cómo decidir bien cuando no controlas el resultado— lleva dos mil años sobre la mesa. Solo hemos cambiado el vocabulario.

La política no necesita una bola de cristal. Necesita mejores sensores, instituciones más adaptables y una idea clara de qué quiere proteger cuando cambien las herramientas con las que se organiza la sociedad.

El documento está en abierto, con licencia Creative Commons BY 4.0: se puede leer, descargar, citar y reutilizar libremente citando la fuente.

📄 Tres escenarios de la inteligencia artificial hacia 2030 — DOI: 10.5281/zenodo.21701028

Agradezco especialmente a Pablo Martín Diez el trabajo de edición y a Sofía García Morales la revisión y corrección editorial.

Aquí dejo un resumen visual de esta entrada:

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