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Las historias no contadas

Hace unos días, por mi cumpleaños, mi hermano me regaló la nueva edición de Cartas de J.R.R. Tolkien, publicada este año por Minotauro. Estoy disfrutando mucho de su lectura.

La recopilación apareció originalmente en inglés en 1981, casualmente el año de mi nacimiento, ocho años después de la muerte de Tolkien. Fue seleccionada y editada por su biógrafo, Humphrey Carpenter, con la colaboración de Christopher Tolkien, su hijo y albacea literario, a quien debemos también buena parte de la paciente tarea de ordenar y publicar el inmenso legado que su padre dejó tras de sí.

Esta nueva edición revisada y ampliada recupera más de 150 cartas que no aparecieron en aquella primera selección. Y al leerlas uno descubre, más allá del creador de la Tierra Media, al profesor, al padre, al amigo y al hombre detrás de los libros: sus preocupaciones, su sentido del humor, sus convicciones y, de vez en cuando, pequeños destellos de esa particular sabiduría del viejo profesor.

Uno de los pasajes que más me ha gustado hasta ahora aparece, precisamente, en una larga carta dirigida a Christopher, escrita el 30 de enero de 1945:

«Una historia debe contarse o, de lo contrario, no habrá historia; sin embargo, son las historias no contadas las más conmovedoras».

Tolkien hablaba, poniendo a continuación de ejemplo a Celebrimbor, de esa extraña profundidad que adquieren las historias cuando nos permiten vislumbrar algo que queda fuera de nuestro alcance: lugares a los que nunca llegaremos, caminos que no recorreremos, relatos de los que solo conocemos una pequeña parte.

Quizá por eso la frase permanece dando vueltas en la cabeza mucho después de haber pasado la página como ocurre a menudo con la obra de Tolkien.

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